La futilidad del debate entre investigación básica y aplicada. Invocación a la cultura como prueba de tal inutilidad

Artículo de Emilio Muñoz, Presidente del comité Científico de ASEBIO

Los que trabajamos en el campo de las biotecnologías sabemos de la inutilidad de este debate que solo se puede lanzar por intereses discutibles en términos racionales o por una preocupante ausencia de cultura científica y tecnológica, es decir moderna e innovadora.

Las biotecnologías a las que hemos definido en muchas ocasiones como “aplicaciones del potencial de los seres vivos o de sus componentes para generar nuevos productos, servicios, o  para mejorarlos”  han nacido con la historia de la humanidad para aprovechar el sabio uso de la capacidad transformadora y productora de los microbios que con el tiempo se ha extendido a toda la escala de vegetales y animales. De ahí se generó la poderosa industria de la fermentación apoyada en los avances de la ingeniería química y la bioquímica,  para posteriormente con el descubrimiento de la penicilina – imputado por algunos a la suerte pero que no habría tenido lugar sin la capacidad de observación y profunda cultura investigadora  de Fleming – abrir la senda de los antibióticos, productos naturales y transformados gracias a la biotecnología, que tantas vidas han salvado y tanta riqueza directa e indirecta han generado. En la evolución hacia y con  escalas filogenéticas han emergido las fascinantes áreas de la potencial individualización de la enfermedad como fruto de las ómicas y de la visión nueva de las relaciones entre genética y ambiente, y de la medicina regenerativa apoyada en un caudal creciente de descubrimientos científicos: clonación, células troncales, células madre inducidas…, que abren las puertas a un porvenir en la resolución de las patologías y quebrantos inimaginable hace apenas una década.

Existen además testimonios de peso de grandes científicos a lo largo de la historia. Este tema de debate entre investigación básica y aplicaciones fue una obsesión continua del gran Premio Nobel español, grande no por único sino por la inmensa relevancia de su obra  como neurocientífico, Santiago Ramón y Cajal. Entre otras muchas citas posibles, recojo una de la obra” Reglas y consejos sobre la investigación biológica. Los tónicos de la voluntad” (su primera edición data de 1899, la última en 1991) . Decía el sabio español: “Cultivemos la ciencia por sí misma sin considerar por el momento las aplicaciones. Estas llegan siempre, a veces tardan años, a veces, siglos. Medrada andaría la causa del progreso si Galvani, si Volta, si Faraday, si Hertz, descubridores de los hechos fundamentales de la ciencia de la electricidad, hubieran menospreciado sus hallazgos por carecer entonces de aplicación industrial. Dejamos consignado que lo inútil… no existe en la naturaleza…”.

El bioquímico español e importante analista de la actualidad, Federico Mayor Zaragoza, ex Director general de la UNESCO, no se cansa de evocar al bioquímico británico sir Hans Krebs, proponente de  uno de los ciclos que ocurren en la naturaleza y que aflora como una de las piezas más fascinantes de la biología a nivel molecular, ciclo que lleva su nombre y por cuyo trabajo mereció el Premio Nobel ( respecto al Ciclo de Krebs, recomiendo simplemente entrar en Google con esa clave  para admirarse y comprobar la capacidad descubridora y creativa de la investigación científica básica). Las evocaciones del Profesor Mayor a  su admirado referente, en cuyo laboratorio trabajó algún tiempo, tienen como objetivo enseñarnos lo que suponen la investigación  y los investigadores para una sociedad moderna y que se reclame competitiva. De nuevo nos lo recordaba en una conferencia sobre “ El papel de los científicos en los retos que se avecinan” con motivo de  la XII Semana de la Ciencia en Madrid, celebrada en colaboración con la Sociedad  Española de Bioquímica y Biología Molecular en su cincuentenario, y que tuvo lugar  el 14 de noviembre de 2013 en la Biblioteca Nacional.

El reciente caso del grafeno, en el ámbito de los nuevos materiales es un ejemplo  espectacular. Descubierto casi como divertimento, reconocido con rapidez impresionante como Premio Nobel, está abriendo campos de aplicación enormes e inesperados. Pero no todos los testimonios están del lado de las ciencias naturales o experimentales. También hay economistas que han alzado sus voces en el debate, procedentes de la corriente evolucionista de la economía  y destacados estudiosos del cambio técnico. Keith Pavitt, una figura pionera en los estudios sobre políticas de ciencias, ingeniería e innovación , ingeniero en su primera titulación y desgraciadamente desaparecido a los sesenta y cinco años, no se cansaba de insistir cuando se debatía "sobre la incapacidad europea para transformar el conocimiento científico en riqueza ( innovación)"  que lo que fallaba en Europa era el nivel de la ciencia que se producía, no estaba en la misma vanguardia  que la que se generaba en los Estados Unidos y Japón.

De una generación posterior, Paula Stephan, profesora de Economía en la Universidad del Estado de Georgia (USA) e investigadora asociada en la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER, de su nombre en inglés) ha venido trabajando en el análisis de la economía de la ciencia y el papel de los investigadores. Su último libro:  “How Economics shapes science” ha merecido el título de Personaje del Año por la revista Science Careers. En una glosa de este libro se lee: “Su análisis revela exactamente cómo y porqué el esquema piramidal daña los intereses y las perspectivas de los científicos jóvenes para encontrar salidas profesionales en un mercado laboral excedentario en demanda”. Invitada a participar en un Seminario Internacional organizado bajo los auspicios de la Fundación Areces por la Unidad de investigación en Cultura Científica del CIEMAT ( www.fundacionareces.es), aunque no pudo asistir, la Profesora Stephan tuvo la generosidad de  remitir su ponencia que  presenté  con gran satisfacción  en la sesión de  cierre del Seminario. La transparencia final de la ponencia rezaba así, en traducción propia: "La investigación contribuye al crecimiento económico”; “Una gran parte de ella es de carácter  básico y es financiada por el sector público”; “ Los recortes en la financiación  pública de la investigación pueden tener consecuencias de largo alcance y contribuir a ineficiencias”.

Concluyo que solo desde la incultura se puede actuar lesivamente contra la I+D pública y la investigación básica,  que permanecen además alerta, siempre evaluados y regulados para alcanzar la vanguardia.